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Sudar para sonreír


De sobra es conocido el efecto positivo que el deporte tiene sobre la salud física de las personas y su longevidad, así como lo nocivo del estilo de vida sedentario, que supone un importante factor de riesgo para el desarrollo de muchas enfermedades orgánicas de nuestro tiempo. El cáncer, la diabetes no insulino dependiente y la obesidad son sólo algunos ejemplos de males para los cuales se ha probado que la práctica de ejercicio es fundamental, pues previene su aparición y mejora manifiestamente su evolución.

Algo más desconocidos son los beneficios que la actividad física tiene sobre nuestra salud mental. Si bien desde la Grecia Clásica el deporte ha impregnado la vida del hombre a todos los niveles, no fue hasta los años setenta cuando se comenzaron a llevar a cabo estudios serios sobre el tema, debido entre otros al creciente interés popular por “estar en forma” y a la divulgación del modelo biopsicosocial en el campo médico, que apuntaba a una concepción más holística del ser humano.

Hoy sabemos que existe una implicación directa y positiva del ejercicio físico en nuestra estabilidad emocional y autoestima, que puede resumirse en un concepto muy sencillo: movernos nos hace más felices.

Más allá del más que reconocido carácter lúdico y social del deporte, se ha observado que cuando realizamos entrenamiento con ejercicios aeróbicos desaparecen los pensamientos negativos, preocupaciones y angustias quedan a un lado, y toda nuestra atención se centra en las sensaciones corporales. Además, la liberación de endorfinas que se produce a nivel cerebral hace que aumente la sensación de bienestar y euforia de manera inmediata. No tardan en notarse tampoco los efectos positivos en  nuestra autoestima y autoimagen, por la percepción de control sobre la propia salud y apariencia física que implica la realización de ejercicio, pues obtener esa gratificación depende única y exclusivamente de nosotros. El deporte resulta así un aliado en la prevención de problemas mentales, pues nos ayuda a eliminar lo que nos sobra; la descarga del cuerpo resulta en la descarga de la mente.

Pero hay estudios que van mucho más allá y señalan que a nivel terapéutico, la actividad física tiene efectos contundentes en el curso y la aparición de distintos problemas mentales como los relacionados con estados de ánimo, ansiedad, afectividad o creactividad al estrés. La práctica de ejercicio físico, de moderado a intenso, mejora el bienestar general y reduce los síntomas patológicos, por lo que es habitual encontrarlo pautado en la terapia psicológica, ya sea a través de la práctica de algún deporte concreto o simplemente con aplicación programada de movimientos aeróbicos (pasear, correr, etc.).En estos casos el mero hecho de adquirir hábitos de vida activa tiene un valor terapéutico, siendo irrelevante el nivel del estado de forma física alcanzado por los pacientes.

Incorporar, pues, cierto ejercicio físico en nuestra rutina diaria nos aportará beneficios importantes a nivel psicológico tanto a corto, medio como a largo plazo. No hay excusas: sin duda el esfuerzo que implica calzarse unas zapatillas y empezar a entrenar está justificado, pues corremos el riesgo de experimentar un profundo cambio en nuestra calidad de vida.